dilluns, 28 de març del 2011

Un verano inolvidable


Este relato esta especialmente hecho para que lo lea gente joven pero también las personas mayores que no se acuerdan de su infancia.
Es un relato en primera persona, en la que explico una anécdota que me paso hace unos años.
Era una mañana soleada de verano, estaba en la cama durmiendo tranquilamente cuando de repente oí el despertador. Lo paré rápidamente al oír el pitido insoportable que hace siempre y que odio por las mañanas. Al cabo de un rato que me tiré en la cama me levanté y me fui a verme al espejo. Por aquel entonces tenía yo catorce años recién cumplidos hacía un mes, y me sentía como más grande, estaba diferente. Tenía el pelo negro y unos grandes ojos marrones, una nariz recta i llevaba un aparato en los dientes. Era delgado y de estatura normal para un chico de mi edad.
Al darme cuenta de que habían pasado cinco minutos, me fui a vestirme corriendo, ya que el autobús no tardaría ni diez minutos en llegar.
Le dije a mi madre que me hiciera el desayuno o perdería el autobús, cosa que no me apetecía nada, porque el instituto estaba bastante lejos de mi casa.
Cuando salí de casa, y llegó el bus, justo a tiempo, me subí rápido y me senté en el asiento en el que me estaban esperando mis dos mejores amigos, Alba y Roberto, al que todo el mundo llamamos Berto. Alba era una chica rubia, con la piel clara y unos ojos verdes preciosos, era bajita y delgada, pero muy guapa y con muy buena presencia, tenía una nariz chata y una boca con unos labios de color rojo preciosos. Berto era en cambio un chico moreno y oscuro de piel, de complexión fuerte y con unos ojos azul claro que encantaban a las chicas de mi clase.
-Hola Ángel -dijo Berto muy contento- era de esperar, ya que era el último día antes del verano
-¡Hola!, dijo Alba con su normal alegría.
-Hola chicos, ¿preparados para el último día?- dije yo
-Sí, dijeron los dos al mismo tiempo- mientras yo me sentaba en el asiento.
En nada el autobús arrancó hacía su siguiente destino, el instituto.
 Cuando llegamos al instituto me encontré a otro de mis amigos Julio sentado sobre las escaleras que daban paso al instituto esperándonos a los tres.
Julio era un chico alto y delgado, con una nariz aguileña, unos ojos negros y unas orejas puntiagudas, que parecían las de un gnomo.
-Hola chicos, ¿vamos dentro?- dijo Julio
-Vamos- dijo Berto
Subimos las escaleras hablando sobre nuestras cosas y abrimos la puerta principal del instituto, para adentrarnos en el hall donde llegaríamos a nuestra primera clase antes de que acabara el instituto, la clase de matemáticas.
Era la primera de las tres largas horas que nos esperaban antes de que sonara la campana y fuéramos libres los próximos tres meses.
Sonó el primer timbre de la última mañana en aquel instituto. La maestra de matemáticas nos mando callar, y acto seguido nos dijo que nos sentáramos. Empezó la clase explicándonos las ecuaciones y las funciones y otras cosas por el estilo que entraban en esa unidad. Por toda la clase circulaban papeles con notas en las que se podían leer algunas frases como: “Ojalá se termine ya este infierno” o “Ya queda poco…”
Quedaban cinco minutos de clase y la maestra nos dijo que ya podíamos ir recogiendo y que pasásemos un buen verano.
Sonó el timbre.
Esa era la señal que nos avisaba de que teníamos que salir de clase para dirigirnos a la siguiente clase, de naturales.
Teníamos examen de esa asignatura, y aunque había estudiado, llevaba mi chuleta escondida en el bolsillo de mi chaqueta, aunque no tenía pensado usarla si no la necesitaba.
Entramos en clase.
La clase de naturales es una clase muy peculiar, había pipetas, experimentos químicos, y hasta un esqueleto de plástico en una pared.
No tarde nada en acabar el examen y salir de clase para ir a comer mi bocadillo en el patio. Media hora después, salieron todos de clase y nos juntamos los cuatro de siempre para hablar del examen de naturales.
-¿Como os ha ido el examen chicos?- Nos preguntó Julio.
-Bien, dijo Alba,- aunque ella era una chica de dieces, pareció que ese “bien” había sonado más bien a mal.
-Yo fatal- dijo Berto, -aunque me salvé un poco por la chuleta- Berto siempre llevaba una chuleta encima.
-¡Muy bien!- dije yo –creo que es el mejor examen que he hecho en mi vida.
Sin darnos cuenta nos pasó la media hora que tenemos para desayunar volando, y sonó el timbre otra vez, el ultimo que oiríamos en mucho tiempo.
Nos fuimos a la clase de castellano, sin duda, la clase más divertida de todas las que tenemos, ya sea porque la maestra es muy enrollada y divertida, o porque todos estamos más unidos en esa clase.
Nos pasamos la clase de castellano jugando al tres en raya en la pizarra con la maestra de castellano, Julia, hasta que se terminó la hora.
-Vaciad los pupitres y… ¡que paséis un buen verano!-dijo Julia.
 Nos despedimos de Julia y nos fuimos al autobús, volviendo hacia mi casa, me di cuenta de que aquel verano, sería verdaderamente inolvidable.

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